Cuando Dios juega a las escondidas


SI SE ME otorgara el privilegio de viajar por un túnel del tiempo para presenciar cual observador invisible e impedido de intervenir algún episodio de la vida de Jesús escogería el de su retorno, ya todo un hombre, a la aldea de Nazaret.

Es sábado y como buen judío acude a la sinagoga, donde le encargan la lectura en voz alta de un texto del profeta Isaías. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres…” La emoción se apoderaría de mí al escucharle decir “hoy mismo se ha cumplido la profecía que acaban de escuchar”.

El reencuentro de Jesús con los nazarenos termina con su expulsión a patadas y empellones porque lo consideran un impostor. “¡Miren que venir a dárselas del Mesías, cuando todos aquí en el pueblo sabemos que es el hijo del carpintero!”.

Tiempo después Jesús responde en forma algo más cautelosa la apremiante interrogante de Juan el Bautista. “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” El más grande de los profetas cree que el nazareno es el Mesías, pero como a todo creyente le asaltan en ocasiones las dudas. Intuye que no saldrá vivo de la mazmorra en que lo tiene confinado Herodes y quiere dar una orientación definitiva a sus seguidores. Jesús no dice ni sí, ni no. Responde con hechos: “Los ciegos ven, los cojos caminan, los pobres reciben la Buena Noticia”.

No cabe extrañarse entonces las respuestas que obtuvo Jesús al preguntar a sus más cercanos qué decía de él la gente. Los judíos de a pie demostraron que andaban más perdidos que el teniente Bello: algunos pensaban que era una reencarnación de Juan el Bautista, que era Elías u otro profeta.

Momento de la verdad: Jesús se atreve a formular la  pregunta a sus discípulos. “¿Y ustedes quién dicen que soy?” Pedro se adelanta a responder con una convicción solo superada por su impetuosidad. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios viviente”.

El Maestro confirma, ahora fuera de toda duda, la veracidad de esa declaración, la cual “te ha sido revelada por mi Padre que está en los cielos”. Inmediatamente después Jesús ordena a sus discípulos que no le digan a nadie que El es el Mesías.

Es sabido que cuando a uno le imponen guardar un secreto le vienen unas ganas locas de contárselo a otros, con lo que al final del día medio mundo está enterado del asunto. ¿Era eso lo que pretendía Jesús?

El problema es que este hijo del carpintero de Nazareth no tiene pinta de Mesías. Los judíos aguardaban ilusionados la aparición de un guerrero victorioso, digno sucesor y, por cierto, descendiente del rey David. Y si bien Jesús cumplía esta última condición estaba muy lejos de satisfacer las restantes. ¿Qué liberación del yugo romano podría conseguir este andrajoso nazareno que además predicaba el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas?

A la luz de las palabras y actitudes del Maestro en estos episodios se diría que estamos en presencia de un Dios que se revela de a poco, que no quiere deslumbrarnos con su luz ni aplastarnos con su poder, sino encontrarnos en el silencio de la noche o de la soledad. Evoco a la folclorista argentina Mercedes Soza cantando con su recio vozarrón “A la huella a la huella”, inspirada en el viaje de José y María a Belén, “con un Dios escondido, nadie sabía”.

A veces en verdad Dios da la impresión de estar jugando a las escondidas con nosotros. En otras ocasiones se manifiesta de manera más evidente, a menudo en el sufrimiento y el dolor. Sea cual fuere el caso, tarde o temprano Jesús nos formulará la crucial interrogante. “Y tú quién dices que soy yo?”

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Admin

Raúl Gutiérrez es Periodista y miembro de nuestra Iglesia Luterana en Valparaíso.

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