La suerte de la cananea


El duro intercambio que sostuvo con esta mujer sirvió a Jesús para anunciar en tierras paganas que la buena noticia del Evangelio era para todos

LOS COMENTARISTAS DEL áspero intercambio que protagonizaron Jesús y la cananea suelen destacar la fe de la mujer que implora por su hija, posesa de algún demonio. Dan la impresión de que procuran así desviar la atención respecto de la dureza del trato que el Maestro dispensa inicialmente a la cananea.  Pero quizá lo más admirable sea el coraje que esta pagana manifiesta al enzarzarse en esclarecedor diálogo con este predicador judío.

El evangelista no menciona el nombre de esta madre admirable, que en una sociedad que condenaba a las mujeres al silencio, como sigue sucediendo por ejemplo en Afganistán, no vacila en sacar la voz y hace tomar conciencia al Maestro de que El ha sido enviado por su Padre a anunciar la Buena Noticia a todos, sin exclusiones.

Corresponde entonces ponerse de pie y brindar a la cananea una prolongada ovación y mandar con ella afectuosos saludos a la hija. Afortunadas ambas, mucho más, por cierto, que tantos cristianos desconcertados por el obstinado silencio de Dios.

No son de los que juegan al “pasando y pasando” con este señor a quien invocan como nuestro Padre Celestial: “Tú sanas a mi hermanito que requiere con urgencia un trasplante cardíaco y yo me caso por la Iglesia con la Domitila” o “si me resulta la pega a la que estoy postulando mandaré a decir diez misas por el alma de mi viejo”. A veces sus peticiones se cumplen y ellos se muestran convencidos de que el mismo Dios se ocupó del asunto e hizo el milagro. A otros la apuesta no les resultó y, o quedan picados con el Señor o se consuelan diciéndose que dejaron expresa constancia del “hágase tu voluntad” del Padrenuestro.

Unos y otros, en todo caso, quedará convencidos de que fueron escuchados y que Dios les respondió si no con palabras, con la fuerza de los hechos.

La peor suerte está reservada para quienes, dispuestos a someterse a la voluntad divina, enfrentan difíciles encrucijadas, por lo que no saben qué camino tomar. Piden una señal. Oran, reflexionan, solicitan consejo, pero Dios no se les manifiesta.  No atinan a descubrir la voluntad de Dios.

Los dilemas que los acucian son del tipo: “¿prosigo mi embarazo con este hijo que pronto me comenzará  a dar pataditas en mi vientre, o zafo del  problema y me practico un aborto, ya que no me siento capacitada para criarlo yo sola?”;  “¿me quedo en Chile, este país asolado por la delincuencia y la corrupción, o saco  a la mala mis capitales y me voy a probar suerte en Alemania, donde tengo buenos amigos?; “¿me traigo a mis padres a vivir conmigo o los interno en un hogar de ancianos”, “¿me divorcio de una buena vez de esta mujer que me ha hecho tanto daño o teniendo en cuenta que los médicos le dan a lo sumo un año de vida la acompaño hasta el final?”

Fatigados por la espera de una señal, estos creyentes envidiarán a la cananea. Tal vez representaría algún consuelo para ellos enterarse de que el famoso novelista estadounidense Truman Capote tituló “Plegarias atendidas” su obra póstuma. Citando a Santa Teresa de Jesús, la primera mujer reconocida con el título de doctora de la Iglesia, evocó así el aserto de que “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que no tienen respuesta”.

Raúl Gutiérrez V.,
Valparaíso, agosto de 2026

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Raúl Gutiérrez es Periodista y miembro de nuestra Iglesia Luterana en Valparaíso.

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