Jesús: 1+1= 3


DICEN QUE TRES son multitud, manera diplomática de significar que quien ha llegado último le está echando a perder el panorama a los dos primeros. Eso le importa poco a Jesús, que ha prometido a sus seguidores acompañarlos cuando dos o más de ellos se reúnan en su nombre. Con apenas dos basta para que se opere el milagro de que uno más uno terminen siendo tres.

Son multitud, más bien, los cristianos que,, asqueados ante los escándalos sexuales que vienen remeciendo a un sinnúmero de iglesias cristianas, han olvidado su bautismo e incluso su confirmación, haciendo abandono de sus comunidades. Forma de protesta silenciosa a la que han recurrido tantos, cuyo alejamiento causa intenso dolor a los que siguen resistiendo la tentación de marcharse.

Estos últimos se han atrevido rara vez a representar tales sentimientos a los desertores, con la justificación de que es preciso respetar la libertad de conciencia, que no es lo mismo que la indiferencia. En la mayoría de los casos queda la sensación que da lo mismo que se agregue o se reste gente a nuestras iglesias. Y si desaparece el 50 por ciento de la congregación no importa pues eso quiere decir que están quedando los convencidos, purificándonos de elementos cuya adhesión al Evangelio suscitaba dudas.

Por su parte, los protagonistas de este masivo éxodo tienden en general a                                                                                           tranquilizarse con el argumento de que ellos mantienen su fe en el Señor, que oran frecuentemente y que incluso de vez en cuando leen la Biblia. “Ya no siento la necesidad de pertenecer a una congregación pue he descubierto que se puede perfectamente ser cristiano sin ir a la iglesia”, concluyen. En su fuero íntimo saben que el tiempo y la frecuencia de la plegaria van disminuyendo gradualmente y que la interpretación de los textos sagrados requiere la guía de un pastor-

Como si fuera poco estos hermanos se privan de recibir el cuerpo y la sangre de Jesús y de rezar el Padrenuestro, que es la oración perfecta, ya que nos la enseñó el propio Maestro. Cada uno de los desertores solo podrá decir “Padre mío que estás en los cielos… Dame mi pan de cada día, perdona mis deudas,  así como yo perdono a los que me han ofendido”. Tampoco tendrá a quien dar el saludo de paz, debiendo limitarse a abrazarse a sí mismo. Tal vez entonces tomará conciencia de que la cintura se le ha engrosado peligrosamente y, más importante, de que la fe cristiana se vive en comunidad,

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Raúl Gutiérrez es Periodista y miembro de nuestra Iglesia Luterana en Valparaíso.

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