1) Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. 2) Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 3) Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; 4) y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. 5) Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. 6) Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? 7) Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. 8) Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. 9) Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. 10) Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. 11) Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, 12) diciendo: Estos últimos han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. 13) Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? 14) Toma lo que es tuyo, y vete; porque quiero dar a este tanto como a ti a este que llegó a trabajar al último 15) ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? 16Así, los primeros serán los últimos, y los últimos, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
Si la envidia fuera tiña…
Raúl Gutiérrez V.
Octubre de 2026
NO NOS ENGAÑEMOS. Tras la lectura de la parábola de los temporeros nuestra carne o inclinación natural es encontrarle al menos algo de razón, sino toda, a quienes trabajaron de sol a sol. Es cierto que el patrón de fundo les pagó el jornal prometido, pero se muestra intolerablemente jactancioso al declarar que él hace lo que quiere con su plata. Incluso botarse a generoso.
¿Es justicia o envidia lo que mueve a los temporeros de la primera hora a rezongar por un mayor pago? Hay que aprender a distinguir la línea que separa estas motivaciones porque con la envidia no se juega. No es por nada que en los albores del cristianismo influyentes teólogos concluyeron que se trataba de un pecado de los gordos, al punto que la apellidaron capital. Llama por eso la atención que pocos cristianos se confiesen de este pecado ante un sacerdote o en la intimidad de sus conciencias y que por tanto no se preocupen de adoptar resguardos cuando la envidia se encuentra en su etapa germinal y todavía se la puede contener.
No hay, eso sí, que confundir la gordura con la hinchazón: si Telésfora se declara admirada del resultado del tratamiento capilar al que se ha sometido su amiga Sofocleta y se propone imitarla, no hay ni un asomo de envidia. Y si Tiburcio queda fascinado con la tele que se compró su compadre Agamenón pues las curvas de las figuritas de los realities parecen al alcance de la mano y decide pedir un préstamo de consumo para comprarse un aparato aún más grande estaremos ante un atentado contra la prudencia en el manejo del presupuesto del hogar, pero no ante el pecado de envidia, que supone desear al mal al otro.
Es el caso de Antonio Salieri, músico titular de la corte vienesa en los tiempos en que Chile daba recién sus primeros pasos como país independiente. Apenas se apareció por aquellos pagos el irreverente Mozart, Salieri supo valorar la genialidad de este joven que terminaría convirtiéndose en su rival. Cuenta la leyenda que en la intimidad de su estudio el músico oficial lanzaba blasfemias contra la divinidad por no haberla dotado a él, un cristiano devoto, de las mismas cualidades del relajado y vividor Wolfgang Amadeus. Así, mientras Salieri producía piezas empaquetadas las del joven compositor desbordaban vitalidad, acrecentando el rencor del primero, que según dice la leyenda trató incluso de envenenar a su rival.
Representa, cierto, un caso extremo, pero nunca tan excepcional. Un elevado porcentaje de familias llevan vidas infelices a causa de la envidia. Padres e hijos, lo mismo que hermanos han roto relaciones y llevan años sin visitarse ni contactarse ni siquiera por mensaje de texto. Si se escarba un poco en los orígenes de la situación asoma el torvo rostro de la envidia. Que por qué la exigua herencia que dejaron los padres al morir ambos en ese terrible accidente de tránsito se repartió por partes iguales en circunstancias de que el mayor de los hijos lleva una cómoda existencia y el menor anda a patadas con la pobreza. Que por qué la hija del medio se permitió internar a la anciana madre en una casa de reposo sin consultar a los demás hermanos. Otros no requieren explicaciones pues lo tienen todo más que claro: al papá los hijos mayores lo hicieron incinerar por ahorrarse unos pesos, con lo que los menores se quedaron sin la posibilidad de ir a dejar flores al difunto.
La envidia existe porque somos diferentes unos de otros. Incluso en una misma familia coexisten hijos que no parecen hermanos y que a menudo se odian y procuran perjudicarse. El periodismo más exitoso en actualidad es el que explota la vida privada de la llamada gente linda. Nos gusta sumergirnos en sus escándalos y conflictos en ocasiones para soñar ser como ellos aparentan ser o para gozarnos de sus desgracias.
Venimos al mundo con dotes y posibilidades muy diferentes. Algunos son genios intelectuales, otros se desenvuelven desde la infancia en la opulencia, los de más allá son futbolistas que entusiasman a las multitudes, mientras otros parecen condenados a llevar vidas miserables. Llama la atención de que la envidia auténtica, vale decir la que te lleva a desear el mal e incluso la muerte de la persona que ha suscitado en ti tan intensa emoción, se da casi siempre respecto de alguien que se desenvuelve en tu círculo cercano.
Por eso, es más fácil amar a los que están lejos que a los cercanos. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” ordena el primer mandamiento inscrito en las Tablas de la Ley con las que bajó Moisés el Monte Sinaí. Y Jesús lo complementará con “y a tu prójimo como a ti mismo”, imprimiendo un carácter decididamente comunitario a la fe cristiana. Al dirigirnos en oración a Dios lo trataremos pues de Padre nuestro, y no de Padre mío; y al final de los tiempos seremos juzgados según si durante nuestra vida terrena procuramos ayudar a nuestros prójimos en necesidad.
Felizmente es un Dios lleno de misericordia, que hace brillar el sol sobre buenos y malos y cuyo amor rebasa nuestro estrecho sentido de la justicia, que tan fácilmente se agota en el ojo por ojo, diente por diente. Por algo enseñó Jesús que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.
Los temporeros que llegaron a primera hora a trabajar al fundo del que habla la parábola no llegaron a descubrir que ese futre un tanto abrutado al que aludió Jesús era el mismísimo Señor. Podría haberles citado además el décimo mandamiento, ese que prohíbe codiciar los bienes ajenos, representados por los denarios, muy útil para mantener a raya el pecado mortal de la envidia. Pero habría sido como mucho.



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